Aquí está uno de mis textos. Lo hice para una clase de Taller de Composición en la universidad.
¡Ándale! Ya era hora. Te habías tardado mucho. Si para eso esperaste tanto tiempo... mira ahora, ya tienes lo que querías.
¡Ay, pero qué feos tienes los ojos! Así como que uno se te fue y con el otro no más está viendo el techo. Pero esto te pasa por mirar lo que no te importa. No creas que eras muy bueno con el disimulo cuando me veías las piernas y el trasero. Hacías que me ahogara de la vergüenza y el asco. Siempre me echaste miraditas acosadoras, viejo zángano. Para eso me tuviste como sirvienta, y como babosa, no más para darte vuelo con tus alucinaciones de rabo verde.
Y tus manos, esas las tienes todas torcidas. Lo bueno es que ni las sientes. ¡Cómo te reirías de ti si contemplaras tus grotescos dedos engarrotados! Yo creo que es el pago porque toqueteabas lo que no debías. ¿Qué ganabas con tocarme el pecho cada vez que te traía la comida? Nada, absolutamente nada. Pero bueno, favor con favor se paga.
Oye... oye... ¡Ah!... jajaja. No me oyes, nunca me oías. Y tampoco volverás a arrimar tus asquerosas orejas a mi pecho el pretexto estúpido que ponías de "necesito escuchar tu corazón". ¡Puerco! Nunca me viste llorando, ahora tampoco. No lloro por ti, lloro por tu culpa.
Y ahorita que estás así, parece que tu casa se ve bien con el color rojo. Sí, el de la sangre que te sale de la boca. ¡Ah, pues si no te das cuenta que te tumbaste unos dientes con el fregazo que te diste! Uno así te merecías por pasarte de majadero, porque las groserías que acostumbrabas decirme no eran para una mujer como yo. Ahora sí, calladito te ves... no, no te ves bonito, pero que te calles ya es algo.
Si pudieras moverte un poquito, si te quedaran unos segunditos de vida, recibirías unas patadas para que te pongas a limpiar este desastre que hiciste con tu caída. Así como a patadas me hiciste juntar tus desmadres por toda la casa. ¡Y pobre de mí si alegaba algo! porque sin quitarte las botas feas que usas me surtías a golpes.
Pobrecito, tan pendiente que estuviste para morirte en el sillón que preparaste y mira nada más dónde azotaste, enseguida de la estufa. Malamente no estaba prendida. Con mucha suerte, a lo mejor caías con la jeta en los quemadores. Ibas a quedar como yo. ¡Qué! ¿Ya se te olvidó el día que no te gustaron las tortillas? De las puras greñas me pusiste el cachete en el comal caliente. ¡Ah, pero me pediste perdón! así ya no cargaste con culpas.
Ahora recibe mis disculpas porque no pienso moverte de donde estás. Mejor no me disculpes y espérate a que lleguen las hormigas y los gusanos; créeme, son muy buenos para limpiar. Y tú, que ya eres un bulto inservible, vas a desaparecer en menos tiempo de lo que esperaste aquí, encerrado, a que te llegara la muerte.
¿Quieres un beso de despedida? Que conste que te lo doy porque tu cartera quedó tirada y con lo que traías te alcanzó para pagarme.
¡Hasta crees! Que te besen las moscas.
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