Hoy me di cuenta de la importancia de un par de segundos. Sería un respiro, un abrazo, una sonrisa, una palabra.
Nada ha angustiado tanto mi corazón, mi alma, mi cuerpo… nada me ha angustiado tanto como ese par de segundos.
Algunos segundos en los que mi mirada captaría el momento preciso en el lugar preciso. Unos segundos que servirían para encontrar a la persona indicada. Segundos que se transforman en angustia perpetua. Después de esos segundos… nada. La nada absoluta que corrompe los párpados y las horas de sueño.
No pediría diez, no pediría cinco minutos; pediría el instante preciso, pediría el momento apto para poder hacer algo. No pediría nada más.
El camino era largo y los segundos no me importaban demasiado, el tiempo no era protagonista en el acto de los pensamientos de un domingo por la tarde. Mis pies seguían el camino de la inercia, trazado por la costumbre y lo cotidiano. En realidad lo cotidiano se rompe en un par de segundos.
El tiempo me llevaba hacia el lugar de mi tortura. El tiempo, cruel, me condujo y se aprovechó del infortunio para reírse en mi cara y escupirme. El tiempo me devoró.
Minutos antes, no se cuántos, salí de mi casa sin la mayor preocupación. Domingo por la tarde y crucé un bulevar, domingo por la tarde y pasé por enfrente de la iglesia. Domingo por la tarde y el parque ya tenía sobre él a un grupo de futbolistas. Domingo por la tarde y el camino me llevaba hacia un puente.
El domingo por la tarde se desvía, no perdí mi camino pero si perdí el alma en un grito. En unos segundos se escucha el grito de una madre, en unos segundos mis ojos ven un cuerpo en el suelo, en unos segundos mi cuerpo se paraliza y mi mente se va. En unos segundos ya hay mucha gente, todos lloran. En unos segundos ya no hay esperanza, el cuerpo no tiene vida… en unos segundos, todos pierden la vida.
Ahora no logro olvidar los segundos… después de salir de mi casa caminé, mis pies ya sabían a dónde iban y yo sólo les respondí. Escuche unos gritos, seguí caminando. Cinco pasos, no se cuántos segundos, bastaron para encontrar a una mujer hincada en el pavimento, ante sus ojos un cadáver, ante sus ojos… una hija.
Gritos y mas gritos, llanto, dolor, tristeza, desesperación, impotencia, sufrimiento, agonía, desesperanza, muerte, desmayo… en un grito resonaba el amor.
No se supo nada del carro que pasó por encima. Un montón de fierros, un monumento de metal con movimiento propio había arrollado al producto del amor. Una pesada máquina producto de la necesidad, de la ambición, de la inteligencia del hombre pasó sobre la vida de un ser auténticamente vivo, le quitó la vida y se fue.
La madre seguía llorando, junto a ella lloraban veinte, treinta o no se cuántas personas más. Todo el dolor reunido en torno al mismo cuerpo, en torno a la misma niña que ya no respiraba, ya no vivía.
Y la mente se asoció con el tiempo, y entre los dos me torturan… mi mente dice que unos segundos hubieran sido suficientes para ver a la niña y quitarla del camino que llevaba la máquina. La mente produce ideas y me dice que pude haber visto las placas, el color, la marca, algo del carro, algo que ayudara… pero no. La mente se burla de mí poniendo otros niños en el lugar de la niña muerta; mis sobrinos, los sobrinos de mis amigos… quien sea.
Y unos segundos bastaron para lastimarme. Unos segundos son suficientes en este momento para que la imagen se quede grabada en mi memoria y no me deje cerrar los ojos. Unos segundos… solo unos segundos… y el grito aparece otra vez en mi mente, y los llantos brotan de mi memoria y el cadáver se retrata en mis ojos y ahí se queda, perdura…
No se si se borrará, no se si habrá consuelo para alguien…
Ahora solo busco un momento… el momento necesario para que se borren esos segundos.
Y los segundos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, quince, los que sean, ya no son suficientes.
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